Amnistías y mártires
Comunicación (Im) pertinente
Jordí llegó el primero. Estaba impaciente por disfrutar de la gala que les había preparado Colina-de-Monte en su palacete de Waterloo. Aunque nadie está a gusto en el exilio, la casa le pareció imponente y, a fin de cuentas, tampoco estaba demasiado lejos de casa. De hecho, a él le había dado tiempo de trabajar en unas cuantas acciones aquella misma mañana antes de emprender el viaje. Tampoco habían sido cosas de demasiada importancia, aunque necesarias, porque los detalles poco a poco van llenando el saco: amenazar a unos cuantos padres empecinados en las clases en castellano para sus hijos, apedrear la sede de una casa regional y pinchar las ruedas al coche de un concejal españolista que tenían localizado. Con la satisfacción de haber hecho las cosas bien se viaja más tranquilo, máxime en aquel pedazo de vehículo con un chófer tan diligente. Nada más llegar salió a recibirlo un secretario personal del propio Colina-de-Monte que le trasladó los respetos del Presidente y lo acompañó hasta el vestíbulo. Para ir cómodo dejó las muñequeras de clavos, la cadena de hierro, el bate de béisbol y el cóctel Molotov en una taquilla que le tenían reservada con su nombre. A uno de los criados le pidió un poco de grasa de caballo para limpiar las botas. Había que presentarse impoluto ante el Presidente. La noche anterior había salido a quemar unos cuantos contenedores y había pisado una caca de perro sin darse cuenta. Eran semanas de mucha actividad, muy decisivas. En cuanto volviese tras la recepción tenía que preparar la bomba para el puente de la circunvalación. Iban a colapsar media ciudad y la otra media iba a rogar que los colapsaran a ellos. Después estaba previsto darles un escarmiento a los policías autonómicos, cada vez más alineados con el gobierno de Madrid. Estaban dándole vueltas a una acción rápida y limpia, pero claramente indicativa de que ellos no se andan con bromas. Todavía no la tenían definida del todo, pero en cualquier caso no esperarían demasiado. Eso sin contar con la rutina diaria de reventar escaparates y persianas metálicas por la noche, asaltar los comercios, arramblar con todo lo que encuentren, levantar barricadas, destrozar el mobiliario público y, claro, forzar algún cajero automático, que siempre hay gastos. Estaba ensimismado en esas cuestiones, elaborando un listado mental de acciones más o menos inminentes, cuando percibió la mano del Presidente sobre su hombro. Colina-de-Monte le sonrió con ojos de padre amoroso y ufano de su hijo.
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